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15-Pedir a Snape que le adopte.

15-Pedir a Snape que le adopte.

Harry ya estaba de camino al gran comedor, con la ropa de Malfoy, cuando se encontró con Hermione y Ron medio escondidos detrás de una armadura. Iba a preguntarles qué hacían allí, pero se calló al no encontrar algo lo suficientemente natural que preguntar. Todas las formas de hacer la pregunta le parecían demenciales y tontas, así que esperó que ellos fuesen capaces de explicarse.

-¿De quién es esa ropa, Harry?-Parpadeó con perplejidad mirando a Hermione y señaló con un pulgar hacia las mazmorras.

-De Malfoy.

-¿Por qué llevas la ropa de Malfoy?-Miró a Ron entonces, tranquilo. Extrañamente tranquilo, lleno de serenidad aunque Ron pareciese ir a explotar de desconcierto.

-Porque tengo una cita con Cho y no tenía ropa que ponerme-Ron abrió la boca.

“¿Por qué no me la pediste a mí?”

Entonces pareció pensárselo mejor y no dijo nada.

 Se le ocurrió que tal vez Hermione podría ayudarle a resolver un par de dudas y cortó el interrogatorio que se avecinaba tocándole un hombro para llamar su atención.

-Oye, Herm… ¿tú sabes griego antiguo?-La chica asintió con una expresión entre desconcertada y alegre.

-Claro… ¿por qué?

-¿Qué significa kalós?-Hermione no estuvo ni dos segundos pensando antes de mover la cabeza un poco y responder.

-Bello o bonito, algo así-Ella se encogió de hombros mientras que él parpadeaba con algo parecido a la sorpresa. Luego pensó en esa otra frase y aprovechó que Hermione estaba de buenas.

-¿Y puer improbus est?-Ron se colocó a un lado de Hermione y le miró como si fuese un experimento mientras que su amiga se preparaba para responder.

-Eso es latín. Significa algo como es un niño malo. Es una frase muy básica-Empezaron a andar hacia el gran comedor. Paso tras paso tenía la sensación de que Malfoy era más enigmático de lo que parecía. Apenas había sabido nada sobre él esos seis años y estaba descubriendo cosas raras y sorprendentes.

Lo de la música, por ejemplo. Seguía costándole concebir que Malfoy escuchase música normal. Lo de que supiese bailar se lo esperaba, pero lo de la música fue una sorpresa mayúscula.

Se le había pasado el tiempo rápido en el cuarto de Malfoy escuchando esa música de corte folklórico, algo gótico tal vez, llena de ironía y elegancia. Le sonaba a esencia de Malfoy concentrada en notas musicales y voces armónicas. Apenas habían hablado durante ese tiempo, matándolo hasta la hora de la comida. Lo único que hablaron fue el por qué había dicho que había quedado con Cho por la noche cuando había sido después de comer.

La razón era, simple y llanamente, que la verdadera quedada con baile empezaba por la noche.

Harry notaba que no se sentía lo suficientemente emocionado ante la perspectiva de salir con Cho. Al principio le encantaba, había sido algo que auguró recordaría toda su vida. Pero en ese momento, con la cabeza fría y el olor de Malfoy presente en esa ropa no lo veía tan estupendo.

Y al entrar al gran comedor vio a Cho ahí sentada, en su mesa, rodeada de chicas curiosas. Seguramente estaría hablando de él, de que habían quedado esa tarde. Se sintió como una pulsera. Estaba presumiendo de él. Empezaba a notarse vagamente enfermo, tenía nauseas, y cuando se sentó frente a la comida su estómago la rechazó nada más verla con un quejido.

-¿Estás bien? Pareces nervioso, amigo-Ron le dio una palmada en la espalda y recordó que estaba con él y Hermione. Sonrió un poco y asintió con la cabeza no demasiado convencido aunque empezando a estarlo. Claro, nervios. Pánico escénico.

Por mucho que lo intentase, no acabó de convencerse del todo.

***

-Snape, adóptame. Hablo en serio. Empiezo a volverme loco y a lo mejor podrías… no sé, darme una poción ilegalmente legal siendo tu hijo-Snape enarcó una ceja observando a su ahijado dar pasos nerviosos por su despacho. Había entrado atacado, diciendo palabrotas y soltando pestes sobre todo el mundo, luego empezó a hablarle sobre Lucius y al final había saltado con eso.

-No, Draco. Tranquilízate-Draco le miró, con furia, y siguió dando vueltas como un león enjaulado. Cansado de eso, teniendo mucho trabajo que hacer, se levantó de su silla y le cogió por los hombros para guiarle amablemente hasta la puerta. No echarle, eso era de mala educación.

Draco entendió el mensaje y salió de allí con un bufido. Menudo padrino. Si no era capaz de hacer los trámites de adopción, estaba claro que era un padrino horrible.

Un momento.

Se detuvo y sacudió la cabeza, empeñado en alejar tales absurdeces de su cerebro y recuperar la compostura. Se puso recto, empezó a andar con arrogancia y sonrió con desdén camino del gran comedor.

Sí, eso estaba mejor. Draco se sentía más seguro siendo él mismo, siendo frívolo y superior al resto. Esa era su esencia.

Miró con orgullo su obra maestra, el arreglo magistral que había hecho a Potter, y se sentó en su mesa siendo automáticamente rodeado por Pansy y Blaise. Hacía tiempo que no hablaban… y es que no le apetecía. Estaba cansado de su falsa amistad.

La comida le resultaba poco atractiva y apenas comió una manzana con desgana, mirando a los alumnos con el parloteo de Blaise y Pansy a su alrededor. Sus ojos se detuvieron en Chang, a la que miró con especial desprecio, y luego pasaron de largo hasta Potter.

Parecía asustado, asustado y nervioso. También tenía cara de querer huir. Peor para él… menudo inepto social. Si iba a ponerse así cada vez que quedase con una chica… no quería imaginárselo teniendo una novia formal, la verdad…

Cuando el resto de alumnos empezaba a irse, él se levantó y salió a los terrenos para acurrucarse a la sombra de un árbol observando el lago, ocioso.

-Malfoy-Miró a un lado y detuvo a Potter antes de que se atreviese a sentarse.

-Ni se te ocurra. Si lo manchas, Potter, estás más que muerto ¿entendido?-Potter parpadeó y se encogió de hombros metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón. Se preguntó qué hacía ahí habiendo quedado con Chang, pero antes de que pudiese hablar Potter se le adelantó.

-Hemos quedado más tarde. La verdad es que no me apetece ir.

-Como si te hubiese preguntado…

-Ibas a hacerlo de todas formas-No encontró respuesta plausible así que se la inventó, improvisando a la velocidad del rayo.

-Y yo que creía que eras malo en adivinación…-Inspeccionó sus uñas con atención en busca de cualquier desperfecto, distrayéndose.

-¿Y qué opinas?

-Que no es demasiado difícil conseguir una cita con Chang-Potter estuvo en silencio el tiempo suficiente para pensar que no añadiría nada más y que podría irse en paz, pero se equivocó.

-¿No es demasiado difícil?

-Yo mismo tuve la oportunidad de tener una. Antes de que tú hicieses algo heroico.

-¿Y qué hiciste?

-Rechacé la invitación, por supuesto-A él le parecía de lo más obvio. Una chica como Chang no podía aspirar a un Malfoy. Mucho menos a él. Nunca, por ninguna razón, habría aceptado tener esa cita. Y en realidad no sabía por qué le contaba eso a Potter si verdaderamente no tendría ningún interés en saberlo.

-Tengo que irme.

-Púes adiós, Potter. Que te sea leve-Sintió la mirada de Potter clavada en él y alzó la suya. Potter sonrió.

-Ya su-Enarcó las cejas observando cómo se alejaba.

-Por saber una palabra en griego no me vas a impresionar… estúpido Potter…-Se levantó irritado. La posibilidad de que Potter hubiese entendido ese kalós no le gustaba. ¿Cómo podía haberlo sabido?

La respuesta le llegó sin tener que pensar mucho.

Granger.

Gruñó y entró al castillo.

***

16:15. Terrenos de Hogwarts.

Cho no había resultado como él esperaba. Apenas llevaba con ella un cuarto de hora y ya le había cansado un poco. Habían andado sin rumbo por los terrenos y él no había bostezado por mero respeto.

Se obligaba a prestarle atención a la chica. Al fin y al cabo, ese era uno de sus sueños. Quedar con Cho Chang, la chica que le gustaba desde hacía ya años… pero no estaba siendo lo que él había imaginado.  Le resultaba frío, inútil… y no se le escapaba el hecho de que Cho sólo le llevaba por sitios llenos de gente.

Hola, chicos. Mirad con quién estoy y miradlo bien porque no tendréis la oportunidad de hacer lo mismo nunca.

Además, de vez en cuando se preguntaba por qué Malfoy no le había pedido que hiciese nada aún. Siendo como Malfoy era, eso tenía algo de siniestro.

Suspiró y miró a Cho. Su pelo negro oscilaba sobre sus hombros cubiertos por una rebeca fina de color añil. Bajo éste, una camisa de colores vivos que era casi como un vestido y unos vaqueros. Estaba muy guapa.

Y él no sentía nada.

Nada excepto ganas de huir.

16:30. Sala común de Slytherin, habitación del prefecto.

Draco daba vueltas por la habitación con un desagradable sentimiento de inquietud.

No sabía a qué se debía, pero sentía que tenía que salir de allí. Ni siquiera Voltaire le calmaba y, de hecho, estaba cada vez más desesperado.

Harto, se cambió sin querer estar con ese estúpido uniforme en domingo y salió de su sala común con esa carísima blusa negra que prohibió ponerse a Potter y unos vaqueros. Todo lo sencillo que un Malfoy podía estar.

Sus pasos, rápidos pero elegantes y altivos, le llevaron a los terrenos. Y ahí se quedó, entre todos los alumnos que como él habían decidido salir. En pie, sin nada que hacer.

17:00. Terrenos de Hogwarts.

La chica empezaba a insistir en que se dirigieran a esa especie de fiesta a la que le había invitado. No tenía ni idea acerca de lo que esa fiesta implicaba ni dónde se celebraba. No sabía prácticamente nada.

Ella le llevó del brazo hacia la entrada del castillo y durante unos segundos juró que había visto a Malfoy ahí, sentado a la sombra de ese árbol en el que le había dejado, con esa cara blusa negra que le había vetado haciendo un mágico contraste con la piel pálida.

Pero sólo lo creyó porque antes de poder afirmar su visión Cho ya le había metido en el castillo y tiraba de él hacia la sala común de Ravenclaw.

Les había visto, a Cho y a Potter, y se le había revuelto el estómago. Ella llevaba a Potter como si fuese un adorno caro. Lo mostraba, lo exhibía. Odiaba a esa chica. Él mismo no era quién para hablar, pero ella era tan… no, mejor dicho. Estaba tan vacía… era tan superficial… Le daba asco.

Potter se le quedó mirando unos segundos antes de entrar en el castillo. Lo notó, pero no devolvió la mirada. No quería hacerlo. Sus pies clamaban por moverse, sus piernas gritaban que corriera tras Potter. No hizo nada.

Se quedó sentado, mirando el lago… confuso.

19:45. Sala común de Ravenclaw.

Tango. ¿Qué había dicho Malfoy? Sensualidad. Eso, sensualidad. Cho, mirándole con ojos brillantes y los labios entreabiertos mientras bailaba con ella de forma mecánica.

Probó a hacer lo que seguramente ella quería que hiciera y le besó. No pasó nada, no sintió nada. Tenía ganas de irse, de huir. Tenía ganas de correr y decirle a Malfoy que le odiaba pero que… no podía estar demasiado lejos de él, al fin y al cabo.

Aunque no podía, claro. Ahí, en la sala común de Ravenclaw, todos les miraban como si fuesen una gran pareja. La mejor, tal vez. Agradeció que se terminara la canción pensando que la escogida por Malfoy había tenido más fuerza, había sido mejor.

Nada iba como él había planeado. ¿Por qué? ¿De dónde salía ese sentimiento de añoranza?

Miró a Cho y siguió sin sentir nada excepto esa especie de malestar y esas ganas de salir corriendo y gritar, gritar que se estaba volviendo loco. Gritar, gritar hasta desgarrarse la garganta. Gritar de furia, de rabia. Odio contenido.

Una balada, un baile pegado, y todas esas miradas. Esos “oohs” y “aahs”, gente que creía que eran perfectos. Harry empezaba a sentirse asqueado.

-Oye, Cho…¿puedo salir a tomar un poco el aire?-La chica asintió con una sonrisa coqueta y se pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja.

-Claro, Harry. Te espero aquí.

Con pasos lentos y calmados, salió de la sala común. Una vez fuera, empezó a correr como si la vida le fuese en ello.

20:15. Terrenos de Hogwarts.

Abrazaba sus rodillas con la barbilla apoyada sobre éstas. Intentaba que sus piernas no decidiesen actuar por su propia voluntad sujetándolas con fuerza, frustrado por sentir algo. Él no quería sentir, sentir hacía daño. Sólo daño.

Empezaba a anochecer y la luna ya hacía compañía en el cielo a un sol que empezaba a ocultarse. Era una luna mordida, a medias, la que se mostraba casi tímida y cautelosa. La que él miraba con un deje de adoración esperando que respondiera a sus dudas.

¿Por qué quería que Potter apareciese de alguna forma y le dijese que Chang era estúpida? ¿Por qué sentía ese odio enfermizo pero a la vez quería hablar con él?

Tantos porqués y tan pocas respuestas.

Pasos apresurados, más bien como si alguien estuviese corriendo mucho, se oyeron. Los terrenos estaban vacíos, sólo había un par de alumnos centrados en sus cosas que no prestaban atención absolutamente a nada.

Se levantó de forma automática y vio a Potter corriendo hacia él, jadeando. Parecía cansado, como si hubiese corrido más de lo aconsejable. Potter se detuvo delante de él y no dijo nada. Él le miró con atención y no dijo nada.

Segundos después, pronunciaron exactamente las mismas palabras a la vez.

-Te odio-Se miraron con intensidad, cada uno hundido en sus propias deducciones y contradicciones. Cada paradoja era más grande que la anterior y sólo les quedaba admitir que nada tenía lógica.

Temerosos, como si fuesen a hacer algo prohibido, miraron a los lados para confirmar que nadie les miraba. Los pocos que había estaban lejos y no se fijaban en ellos.

Volvieron a mirarse.

Harry alzó los brazos y los cruzó tras el cuello de Draco tan rápido que ni él se dio cuenta de lo que hizo ni Draco tuvo tiempo de reaccionar. Apenas un segundo después sus labios ya estaban en contacto con los de Draco.

De alguna forma todo era menos violento que tras el tango, todo tenía una calma surrealista y extraña. Los brazos de Draco colgaban laxos a sus costados mientras que los de Harry seguían innecesariamente cruzados tras su cuello.

No pasó mucho tiempo antes de que se separaran, de que la tensión se esfumara. Harry ya no quería huir, ni gritar, ni sentía rabia. Draco no estaba inquieto, no sentía la tentación de hablarle a la luna, no estaba celoso. Todo era calma, comprensión.

Se odiaban pero de algún modo, de alguna forma bizarra e imposible, a la vez que se odiaban se atraían como los caramelos de limón a Dumbledore.

-Te odio-Repitieron, y entonces el mundo pareció menos irreal y extraño.

Porque esa certeza, esa simple continuidad, era algo que necesitaban en medio de la confusión.

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